Belladona: o, angustia existencial (una alegoría)

Saturday, May 2nd, 2009 UTC

Desde los balcones de la casona se dejaba ver: aquel laberinto de flores y ramas al que la palabra “jardín” le quedaba corta. A los puñados de narcisos y jacintos y lirios de todos colores los entrelazaban curvados caminos de piedra, tibia bajo el sol, y adonde no habían flores había césped verde y suave como las nubes de algodón. Nudos de árboles abrazaban a los leves soplidos de brisa que pasaban, y frutos y arándanos de todo tipo escondían sus dulces sabores entre la música de las hojas.

En las grises mañanas, bajo un cielo de papel blanco, y también en las tardes pintadas de naranja acuarela, bajaba Antonela a merodear por su jardín. A veces se quedaba hasta que le caía encima la noche, con un violeta gouaché. Se paseaba entre las flores y ramas, con la nariz metida en las orquídeas, con lilas trabadas en el pelo, hablándoles y cantándoles a las azaleas.

“Dichosas flores,” pensaba una de esas tardes Bartolomeu, el señor de la casa, mientras tomaba una taza de té negro desde uno de los balcones, y mirando de reojo a su esposa que se paseaba abajo. “Nada más le falta a esta mujer ponerse a leerles cuentos de cuna a los claveles.”

Bartolomeu pasaba ocupado con las numerosas e indistintas ocupaciones que tiene un hombre de importancia, generalmente optando por dejar a Antonela a seguir sus floreados caprichos. Cada día había flores frescas perfumando cada recoveco de la casa, y tanta era la cantidad de flores y ramas que nunca faltaban éstos en los jardines por más que se propagaran, por manos de Antonela, a todo florero, jarrón y vaso que ella pudiera encontrar en la casa. A veces a Bartolomeu le picaba la nariz de tener tanta fragancia flotando por todos lados, pero era un hombre práctico y de pocas palabras, y no le importaba lo suficiente como para confrontar a su esposa. Simplemente fruncía el ceño y se devolvía a sus muy ocupados asuntos.

Hasta que, sucedió un día que de florero en florero se le pasó a Antonela el cambiar las flores de la mesa del comedor, y cuando se sentaron a cenar ya se notaban menos que alegres las pobres gardenias amarillas. Bartolomeu comió, como siempre, sin decir mucho, pero en vez de que sus ojos divagaran entre la comida de su plato y la cara de Antonela, estaban fijos en las gardenias en el centro de la mesa. Su frente estaba hecha un nudo. En minutos Antonela se dio cuenta de su despiste, y trató de remover las flores para reemplazarlas con las rosas del jarrón del pasillo, pero Bartolomeu le agarró el brazo y le dijo, con voz temblorosa y sin dejar de mirar las flores, que las dejara marchitarse en el jarroncito.

Largo rato después de que Antonela se encogiera de hombros y se retirara a dormir, él se quedó viendo, absorto, a las flores. La mañana siguiente cuando Antonela se levantó a servir el desayuno lo encontró ahí mismo, con la misma cara perturbada, viendo las decaídas gardenias.

Se preguntaba Bartolomeu, ¿Por qué no mueren? Esas gardenias no estaban ni vivas ni muertas, y sin embargo ahí colgaban con los pétalos descoloridos. No poseían razón de ser: nada más que un bulto de pétalos muertos y fragancia pestilente. Pero ni aún vivas habían servido propósito alguno: qué propósito tenían las flores más que ser cortadas por Antonela para ser metidas en jarrones, y sucesivamente podrirse? Desde que germinaban su destino era, inevitablemente, la perdición total. ¡Y cuán poco vivían! Y sin embargo, cuánto tardaban en morir. Pero realmente, ¿Qué importaba si vivían o morían?

Antonela le sirvió el desayuno, y Bartolomeu comió sin decir absolutamente nada; con cada bocado que masticaba sonaba un eco horrible desde sus muelas. Ella trató de devolverlo de su pantano existencial chasqueándole en frente de la cara, jalándole las orejas, soplándole en el oído— en fin, no logró ni moverlo ni quitarle la exagerada mueca de angustia que tenía plasmada en la cara.

Sometiéndose a esta rigorosa disección del propósito existencial de las gardenias, Bartolomeu llegó a toparse con una perturbadora idea. Ni él, ni su esposa, ni ningún otro ser humano tenía más propósito de existir en el mundo que la putrefacta gardenia en frente de él. Mientras más lo pensaba, más le parecía que el ni el mundo mismo tenía razón de ser. Pues, sin importar qué rumbo se tomase en la vida, ¡siempre se terminaba en la tumba!

Cuando se hizo ya de tarde y Antonela vio que el señor de la casa había comenzado a rechinar violentamente la quijada y emitir burbujas por la boca, decidió acercársele con una pregunta:

—“¿Cuándo muere una flor, Bartolomeu?”

Él no le contestó. Simplemente prosiguió rechinando la quijada sin dejar de ver fijamente a las putrefactas gardenias. Antonela continuó hablando calmadamente.

—“Es más sencillo de lo que parece. Una flor no muere cuando se corta, ni muere hasta que se le cae el último de sus pétalos. ¿No ves, Bartolomeu? Una flor muere cada segundo de su vida, porque las cosas van muriendo poco a poco. Cada momento de vida es, a la misma vez, un momento de muerte… y por eso hay que vivirlos todos bien.”

Concluyó con una observación de lo bonito que estaba el día y una invitación a que la acompañara al jardín, pero Bartolomeu—aunque había cesado de burbujearle la boca y casi no se le notaba lo de estar rechinando los dientes—seguía, aún, viendo fijamente el florero de la mesa.

Cuando Antolela al fin salió al jardín, Bartolomeu golpeó sus dos manos sobre la mesa y se levantó de su silla con una mueca furiosa. Había decidido: su esposa era idéntica a las flores que ella se pasaba correteando, igual a las flores que ahora él odiaba con frenética rabia. Y se tenía que deshacer de ella, porque todo era culpa de ella. El mundo era absurdo, y eso a ella le gustaba. Si ella dejaba de existir, con sus ridículas flores y días soleados, quizás el mundo tendría orden y sentido. Quizás—no; no quizás, de seguro—si se iba Antonela, se desaparecerían también todas las cosas imprácticas y absurdas como ella. “Sí,” pensó colérico Bartolomeu, “Es mi única esperanza de existir como ser razonable.”

Así que la tarde siguiente, Bartolomeu salió solo al laberíntico jardín de flores y ramas. Entre los lirios y las rosas estaba, en un recoveco, la planta que él buscaba: la Belladona. Recogió varios frutos y se regresó a la casa. A la hora de cena, discretamente vertió el jugo de las bayas en la taza de vino rojo de Antonela. Complacido, miró los platos: ésta era la última vez que comería una cena absurda como pescado blanco acompañado de vino rojo. De ahora en adelante las cosas se harían bien y la vida seguramente tendría sentido al fin. Brindaron, y ambas copas quedaron vacías.

Después de cena, Bartolomeu cargó el cuerpo de su esposa a la recámara. Curiosamente, al sentarse a ver los cerrados párpados y profundamente serena faz de Antonela, puesta sobre la cama, con los brazos lazados sobre el pecho, surgió en Bartolomeu una sensación un tanto distinta que cuando vio las gardenias marchitarse. “Pues claro que es diferente”—hubiera dicho Antonela en ese instante, si no estuviera muerta en la cama. “Una persona no es una flor. No se puede esperar sentir igual la muerte de una persona que la de una flor.” Con esto, a Bartolomeu se le zafó del ojo una pequeña lágrima, y comprendió algo:

—“Soy igual de ridículo que tú, Antonela.”

Y le respondió, muy plácida, la voz de Antonela:
—“Sabes, qué bien que te das cuenta al fin, porque por eso me casé contigo.”

Y ella se levantó, apoyándose levemente de un brazo y quedando sentada en la cama. Prosiguió a explicar que, además de haberlo visto de camino a recoger las bayas venenosas, jamás tomaría una copa de vino después de que Bartolomeu proclamara con cara de lunático un brindis “por la salud mental.” Él ya no la estaba escuchando, simplemente la abrazó.

¡Si la vida no fuera absurda…! Si los pájaros en la mañana no cantaran en perfecta cacofonía, y si las personas no estuvieran llenas de agujeros y falacias… Si el día a día no estuviera esparcido con caprichosas flores, pensó Bartolomeu, sólo entonces no tendría el mundo ni significado ni sentido.

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