Desde los balcones de la casona se dejaba ver: aquel laberinto de flores y ramas al que la palabra “jardín” le quedaba corta. A los puñados de narcisos y jacintos y lirios de todos colores los entrelazaban curvados caminos de piedra, tibia bajo el sol, y adonde no habían flores había césped verde y suave como las nubes de algodón. Nudos de árboles abrazaban a los leves soplidos de brisa que pasaban, y frutos y arándanos de todo tipo escondían sus dulces sabores entre la música de las hojas.

En las grises mañanas, bajo un cielo de papel blanco, y también en las tardes pintadas de naranja acuarela, bajaba Antonela a merodear por su jardín. A veces se quedaba hasta que le caía encima la noche, con un violeta gouaché. Se paseaba entre las flores y ramas, con la nariz metida en las orquídeas, con lilas trabadas en el pelo, hablándoles y cantándoles a las azaleas.

“Dichosas flores,” pensaba una de esas tardes Bartolomeu, el señor de la casa, mientras tomaba una taza de té negro desde uno de los balcones, y mirando de reojo a su esposa que se paseaba abajo. “Nada más le falta a esta mujer ponerse a leerles cuentos de cuna a los claveles.”

Bartolomeu pasaba ocupado con las numerosas e indistintas ocupaciones que tiene un hombre de importancia, generalmente optando por dejar a Antonela a seguir sus floreados caprichos. Cada día había flores frescas perfumando cada recoveco de la casa, y tanta era la cantidad de flores y ramas que nunca faltaban éstos en los jardines por más que se propagaran, por manos de Antonela, a todo florero, jarrón y vaso que ella pudiera encontrar en la casa. A veces a Bartolomeu le picaba la nariz de tener tanta fragancia flotando por todos lados, pero era un hombre práctico y de pocas palabras, y no le importaba lo suficiente como para confrontar a su esposa. Simplemente fruncía el ceño y se devolvía a sus muy ocupados asuntos.

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